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Mi Magia

—Para esta noche ponte el negro

—Pensaba no ponerme nada— le contesto.

—¿Estás de broma? Con lo que me gusta quitártelo. Nos vemos esta noche a las 20:30. —Cuelga.

Miro el reloj, tengo dos horas para colocar todo en su sitio, tal como le gusta a él.

Cierro los libros de antropología cultural y con un estiramiento de brazos me desperezo de esta tarde de cafés y apuntes. Me levanto de la silla, me muevo por la habitación de estudiante en busca de unas velas perfumadas. Encuentro dos que huelen a bergamota, suficiente para empezar el ritual.

Los vapores del agua caliente de la ducha, el aroma de las velas, la crema, el vestido, los pendientes, el pelo recogido, me gusta arreglarme para él, pienso. Lástima que nuestros encuentros son esporádicos, demasiado esporádicos.

Me llama Mi magia porque según él yo soy capaz de hacer que el mundo entero desaparezca cuando está conmigo.

La parada del taxi sigue siendo la misma, el barman del hotel también.

—Buenas tardes señorita, bienvenida. ¿Qué le sirvo? —Su sonrisa me dice, hola otra vez, ¿cómo está? Pero tiene que mantener las formas.

—Un Martini blanco, por favor— Le devuelvo la sonrisa.

Saboreo el Martini al ritmo de la melodía de las notas del piano del salón grande. Una voz detrás de mí interrumpe el sonido dulce de las teclas.

—Un Macallan doble con hielo por favor— su boca se posa entre el nacimiento del pelo y mi cuello. Siempre me saluda así, por eso quiere que me recoja el pelo.

Entre un trago y otro hablan nuestras miradas interrumpidas por las preguntas básicas rutinarias ¿Cómo estás? ¿Qué tal los exámenes?

Yo solo puedo preguntarle cómo ha ido el viaje, sin saber ni de dónde viene y sobre todo sin saber hasta cuándo se queda…en breve lo sabré.

Dejamos a medias nuestros vasos en la barra del bar y nos vamos al ascensor. Una vez dentro, se acerca a mi cuello con su nariz y empieza a olerme —Lo he echado de menos.

Juan es así, nunca diría que realmente lo que ha echado de menos es a mí. Hay cosas de él que conozco muy bien y otras que siguen siendo un misterio, y así quedarán, supongo.

Pasa la tarjeta y la luz verde indica que ya puede empezar la magia. Cierra rápido la puerta tras nosotros. Me quedo quieta esperando que haga algo. Deshace el moño dejando caer mi melena, acaricia mis hombros, recorriendo el largo de mis brazos. De rodillas apoya su frente en las curvas de mis nalgas, acaricia mis piernas. Mis pies atrapados en el cuero de las sandalias, mis uñas esmaltadas de rojo sangre.

Levanta el vestido de seda negro dejándolo deslizar por mi piel blanca, despacio. Con los ojos cerrados puedo oír el sonido del tejido.

Deja caer el vestido al suelo. Se aleja para contemplar mi cuerpo.

Raciona pequeñas dosis de mí como si fuera un niño que se come el postre.

—Si las mujeres no quieren que se las defina por el cuerpo, ¿por qué siempre lo usan para conseguir lo que quieren? — Me murmura al oído frotando su cuerpo aún vestido contra el mío.

—Igual es que los hombres os distraéis con cualquier cosa— Le contesto dándome la vuelta y besándole. Mi lengua en su boca encuentra el espacio suficiente para movimientos largos y suaves.

Le quito la chaqueta del traje gris oscuro, desabrocho la camisa blanca mientras beso su cuello. Su brazo rodea mi cintura y aprieta su verga dura a mi cadera.

Huele bien, huele a sexo, del bueno, pero eso ya lo sé y cada vez tengo que repetirme que es solo sexo.

Es guapo Juan, con su pelo blanco, su piel tostada, sus músculos marcados. Él no lo sabe, o eso creo, pero lo que más disfruto es mirarle a hurtadillas cuando su cabeza se apoya entre mis piernas. Adoro su ancha espalda, su grueso cuello y mis dedos en su pelo.

Me tumba en la cama.

—Te queda genial— sus dedos en mi liguero.

—Es el negro, tal y como me has pedido.

Se levanta de la cama, saca de su maletín un bote de cristal y un pequeño pincel.

—Empezaré por aquí, por el centro de mi mundo— Moja el pincel en el líquido marrón. Por el olor parece chocolate, y empieza a dibujar círculos alrededor de mi ombligo.

Traza una línea recta desde el valle hasta el comienzo de mis bragas. Vuelve a mojar el pincel en el bote. Deja caer unas gotas en la tela a la altura del monte de Venus. Cierro los ojos.

Noto cómo su dedo frota el tinte de chocolate, como si estuviera rizando mi pelo púbico. Acerca su lengua. Chupa el chocolate deshaciendo su obra de arte por encima de mis bragas. Abro los ojos, puedo grabar en mi retina cada curva de su piel.

Me da la vuelta. Desabrocha el sujetador. Recoge mi pelo en su puño. El pincel cosquillea mi nuca.

—Si tuviera que esconderme en algún sitio, lo haría aquí, arropándome del frio de la noche con tu pelo. Aquí —apoya el dedo—cerca de tus pensamientos.

Es solo sexo, es solo sexo. Me repito apretando las sabanas entre mis dedos.

Dibuja cada rincón de mi espalda.

Sus rodillas se colocan cada una a un lado de mi cadera mientras me quita las bragas. Agarra con sus manos el liguero de la pierna derecha y lo arranca de un golpe. El de la izquierda lo arranca con los dientes. Me deja las medias y las sandalias.

—Tu piel de terciopelo blanco hoy es mi lienzo.

Se levanta. Se desabrocha los pantalones, se queda desnudo, puedo solo imaginarlo, sigo boca abajo.

Sus manos grandes se colocan en mi culo, aprieta, lo abre y su polla viaja en mi senda oscura.

Me levanta con un solo brazo, me pone a cuatro patas. Empuja, gime. Pasa sus manos rápidamente por mi espalda como si estuviera borrando el dibujo inspirado por un momento de debilidad. Empieza a follarme.

Sé que ha llegado mi momento —Fóllame duro, no pares. Quiero sentir tu polla hasta mi garganta. No seas blando, empuja. —Le animo.

Me agarra el pelo. Tira de él provocando en mí un pequeño placer de mujer sumisa a su amo. —Tira más fuerte, ¿tienes miedo? ¿Se te ha olvidado cómo me gusta que me folles?

Pierde el control, su azote resuena en la habitación —No me digas lo que tengo que hacer —me ordena.

Sonrío, es mío. Me da la vuelta, me sienta al borde de la cama, me vuelve a agarrar por el pelo y me estruja su polla dura en la cara, en los labios —Abre la boca, ábrela bien grande.

A veces pienso que algún día me la voy a tragar de tanto empujarla hasta el fondo.

La deja dentro sin moverla, no puedo tragar y dejo salir la saliva por los lados.

—Me gusta cuando estás toda mojada—. Recoge la saliva con sus dedos y los pasa por mis pezones, pellizcándolos.

Empieza a moverse otra vez, ahora despacio, ahora profundo.

—Mi magia, casi estoy— gime.

Esta vez es él quien se sienta en la cama, levantándome por el pelo y sentándome con mi coño abierto sobre su polla dura como el mármol. La mete ayudándose con la mano.

—Cabalga, siéntete libre de poseerme. Muévete, quiero morirme dentro de ti. Ya voy, voy a explotar.

Se agarra con sus dedos en mi boca. Me lleva hacia él y me besa gimiendo y gritando en mi boca.  Me agarro a los tensos músculos de su espalda que despacio van aflojando la tensión.

Se tumba con los ojos cerrados. Le miro. No es nadie, no existe, pienso.

Se levanta, se va a la ducha y ya de espaldas me dice que tiene que irse, que mañana por la mañana me sirven el desayuno en la habitación y a las 11:00 me recoge un taxi para llevarme a casa.

Me doy la vuelta, cierro los ojos, hoy le amo, mañana ya no.

Publicado en Diario

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