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Fin de fiesta

A veces los recuerdos toman formas distorsionadas de la realidad mientras que las emociones siguen intactas, incluso a través del tiempo. El problema es que los recuerdos, por muy distorsionados que puedan llegar a ser, se describen con el más mínimo de los detalles, mientras que las emociones no encuentran palabras para ser descritas. 

En mi primer día en la universidad, subiendo por las escaleras y antes de llegar al gran portal de hierro que olía a sabiduría y a horas de lecturas de libros, un grupo de cuatro chicos asignaban un número a cada chica que pasaba por ahí. A mí me tocó el 9. Sonreí a uno de ellos. 

Sentada en el aula de la clase de estadística, una voz detrás de mí me dijo, —Eres un 9. Yo te hubiera dado un 10 pero mis amigos no estaban de acuerdo.  

Sin darme la vuelta le contesté, —Puedo hacer que cambien de idea.

—Me llamo Miguel, encantado de conocerte pelirroja peligrosa. Mañana damos una fiesta en mi casa, puedes traer a quien quieras. 

Me apuntó en un papel la dirección y la hora y lo dejó en mi mesa. Pude ver sus largos dedos que retirándose rozaron mi cuello y mi pelo. 

El día después ahí estaba, con una botella de vino y mi cabellera flamante. 

—¿Has venido sola? —Me pregunta Miguel abriendo la puerta de la casa que estaba ya casi llena.

—Suelo moverme sola, además acabo de mudarme a esta ciudad—Le entrego la botella de vino. 

—Veo que te lo has tomado en serio, estás guapísima con ese vestido, eres de 10.

Eran los últimos días de calor del año y había que aprovecharlos para seguir vistiendo con poca tela. 

Miguel hacía los honores presentándome a sus amigos y como solía pasar, no me quedaba con ningún nombre. Sigo siendo un desastre con los nombres. 

Uno de ellos, mirándome, se dirige a Miguel y le dice, 

—Vaya, a lo mejor si tienes razón, es de 10— Me besa en la mejilla —Me llamo Federico y es un verdadero gusto conocerte. 

Me pasé la mayoría del tiempo sentada en el sofá, viendo como los demás bebían, cantaban, bailaban y fumaban maría. Miguel iba y venía del sofá por miedo a que me aburriera y me fuera de la fiesta. Lo que no sabía era que me encantaba observar y no me aburría para nada. 

—¿Quieres? — Federico se sienta a mi lado y me ofrece el porro de marihuana. —Por la cara que has puesto, supongo que nunca lo has probado.

—No me hace falta— Contesto rápido.

—No es una necesidad, es una forma diferente de disfrutar— Sonríe

—Prefiero disfrutar de la manera tradicional, gracias.

Rechacé mi primer porro y aún no me explico por qué lo hice. 

—Te traigo más vino— Se levanta y se dirige a la mesa donde estaban las botellas medio vacías de todo tipo de alcohol. 

No pude evitar de mirarle el culo y pensé…es de 10.

La gente iba yéndose con las primeras luces de la mañana, yo seguía sentada en el sofá y la música había pasado del ritmo frenético del pop a la cadencia constante del jazz. 

Federico estaba sentado a mi derecha, me hablaba de algo y su aliento estaba cargado de vino y humo. Quería cambiar el mundo, salir con su Panda hacia África y repartir libros. Cuando le pregunté en qué idiomas estaban los libros que quería repartir, me miró serio y me dijo —No estropees mi sueño, hay detalles que aún tengo que definir. ¿Te vienes? 

—Vamos— le contesto cogiéndole de la mano y llevándole a una habitación. Sobre la cama aún hay abrigos de los que siguen en la fiesta. 

Cierro la puerta a mi espalda, le agarro y empiezo a desabrochar el cinturón de sus vaqueros. Él sigue con su vaso de algo en su mano derecha. 

Los vaqueros caen al suelo y yo apoyo mis rodillas en ellos.

—Joder, sí que eres de 10.

Es lo único que consigue decir antes de que su polla dura acabe en mi boca y mis manos agarren su culo 10. 

De repente me aleja —Para. Miguel me mata si lo hago. Le gustas mucho.

—Espérame aquí, no te muevas. 

Le dejo en la habitación con los vaqueros y calzoncillos bajados y con la polla dura y brillante. 

Busco a Miguel por los pasillos y las habitaciones de la casa. Lo encuentro en la cocina. Le cojo por la mano y le digo —Ven conmigo. 

Nos encontramos los tres en la habitación. Miguel y Federico se miran incrédulos y no hablan. Federico ya no tiene la misma erección, pero sus genitales siguen desnudos. 

Me acerco a Miguel y empiezo a besarle mientras con la mano derecha acaricio el miembro de Federico para devolverle su esplendor y su brillo. Miguel agarra con sus manos mis tetas por encima del vestido y empieza a frotarse contra mi cadera. Federico nos mira y su polla crece en mi mano. 

Me alejo de ambos —Desnudadme.

Mi voz suena autoritaria y ambos se acercan. Mi vestido se desliza por mi cuerpo, Federico se queda por detrás desabrochándome el sujetador mientras Miguel de rodillas me quita las bragas levantándome lentamente primero la pierna derecha y después la izquierda. Las dejo un poco abiertas, agarro su pelo y le empujo hacia mi pelo rizado. —Huéleme— Le ordeno. 

Federico mientras tanto, agarra mis tetas con las dos manos desde mi espalda y apoya su verga en mi culo. Su cara permanece cerca de mi pelo, le oigo gemir. 

Levanto por el pelo a Miguel hacia mi pecho. Con su lengua busca los pezones a través de los dedos de Federico que no para de estrujar mis pechos. 

Noto mis pezones duros y mis manos agarrando a ambos por sus miembros. 

El aliento a alcohol empieza a cargar la habitación, el jadeo de los tres aumenta.  

Agarro la cara de Miguel y empiezo a besarle, me doy la vuelta y beso a Federico. Acerco sus caras y las lenguas que se tocan ahora son las tres a la vez. Empujo sus caras tan cerca que empiezan a besarse ellos dos mientras yo ya de rodillas agarro con mis manos las dos vergas que casi se tocan la una con la otra. Escupo en el capullo de cada una y los froto sobre mis labios. 

Federico y Miguel dejan de besarse y apoyan sus manos en mi pelo. Les miro desde abajo y sonriendo abro mi boca y el primer afortunado es Federico. Mi boca es suya y no puede parar de empujar, gemir y apretar las nalgas. Mi mano sigue frotando la polla de Miguel y la acerco a la de Federico. Los dos capullos se acarician y mi lengua los moja. 

—No puedo más— susurra Miguel. 

—Déjame follarte— Me pide Federico. 

Sé que les falta poco, acelero el ritmo, mis manos no paran de frotar, mi lengua y mis labios pasan de una a otra polla con el mismo ritmo. 

—Lo quiero todo— Les digo.

Nada más pronunciar estas palabras, como una fuente de Bernini, los dos caños empiezan a escupir el líquido pegajoso sobre mi cara, mis labios y mi lengua, seguido por los gemidos de los dos amigos. 

Me levanto del suelo. Sus piernas siguen temblando. Federico pasa su mano sobre mi cara para limpiarme. Le beso, aún con el esperma de su amigo y el suyo en mi boca. Lo mismo hago con Miguel.

Los dos se miran y se ríen mientras se visten rápido. 

Me convertí en la pelirroja peligrosa 10.

 

 

Publicado en Diario

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