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Estrellas

La ventana de mi habitación, en la casa del pueblo de mis abuelos, daba al jardín de la casa de los vecinos. Unos vecinos con una hija un poco más mayor que yo y a quien todos consideraban como la oveja negra de la familia.

Naturalmente mis abuelos hacían lo posible para que yo estuviera lejos de ella, por esa razón me limitaba a observarla por la ventana, especialmente por las noches cuando uno cree que todos duermen y nadie te ve.

Cuando la luz de su dormitorio se encendía, yo apagaba la mía. Me quedaba detrás de las cortinas y la miraba.

La mayoría de las veces se quedaba tumbada en su cama, leyendo, fumando y escuchando música con sus enormes auriculares.

­Mi abuela solía tomar una tisana por la noche en el jardín y yo le hacía compañía.

—Esta es la noche donde más estrellas fugaces puedes ver —Me mira como si fuera su primera estrella de la noche.

—Abuela, ¿sabes que esta noche gano yo…verdad?

—Como todos los años, querida.

Así empezábamos a contar las estrellas que con sus colas iluminaban el cielo, recostadas en unas tumbonas al borde de la piscina.

—Me has ganado este año también y yo cada vez aguanto menos, me voy a la cama.

—Descansa abuela, me quedo un rato más.

Me levanto de la tumbona, paseo descalza por el césped oscuro hasta llegar al borde de la piscina iluminada, la única luz encendida de la casa.

Me siento poniendo las puntas de los pies en el agua, testando la temperatura. Lentamente, el agua me va cubriendo hasta las rodillas.

—Qué suerte tienes de tener una piscina con este calor.

Asustada miro hacia la verja que separa los dos jardines y ahí está ella, la oveja negra.

—No te asustes, soy Clara, tu vecina.

—No me asusto, sé quién eres— Contesto rápido con el corazón a mil por hora por el susto.

—¿No me vas a invitar a entrar?

—Si quieres sí, pero me quedo solo un rato más y me voy a la cama.

—Es suficiente —contesta— mientras empuja la reja.

Se sienta a mi lado y sus pies entran en el agua, junto a los míos.

Puedo olerla. Su pelo negro y largo huele a humo, su piel huele a vainilla. No sé qué decirle. Miro hacia la ventana de la abuela por miedo a que nos pille juntas.

—Tranquila, duermen todos. La vida de campo es dura y todos se despiertan temprano. Esto no es la ciudad. Espero irme pronto de este pueblo que me da asco. Aquí todo es aburrido, siempre lo mismo, siempre las mismas caras. Excepto la tuya que va y viene, y de las que vienen solo para sus vacaciones, mientras yo me quedo aquí pudriéndome entre las mierdas de las vacas.

—Este pueblo es bonito, a mí me gusta —Le digo con un hilo de voz, como sintiéndome culpable.

—Qué ingenua eres, niña.

—No soy una niña, ni ingenua. Me gusta estar aquí —La miro seria.

Se levanta, se desabrocha el pantalón corto y lo deja caer, se quita la camiseta y deja al aire sus pechos pequeños y perfectos. Se quita las bragas y entre la oscuridad de la noche su pelo negro y rizado del pubis parece una mancha sobre el claro de su piel.

Sin permiso ninguno se mete en la piscina, sin hacer nada de ruido, desaparece debajo del agua.

Cuando emerge, su cabeza está entre mis rodillas. Me sonríe y me invita a entrar con un gesto. Le digo que no, que tengo frío.

Con las manos separa mis rodillas, entra con su cuerpo entre mis piernas y apoya los codos al borde de la piscina.

—Te veo por la noche, cuando te quedas en la ventana, mirando hacia mí.

Mi cara se trasforma en una olla a presión, siento el calor subir por las mejillas. Se da cuenta.

—No tengas vergüenza. Imagino que es por pura curiosidad, por todo lo que dicen sobre mí.

Sonríe, mostrando sus blancos dientes.

Sus manos frotan mis rodillas —¿Sigues con frío?— Me pregunta hablándome al oído. Sin esperar ninguna contestación, continua con sus preguntas —¿Cuántos años tienes? ¿Doce, trece? ¿Te han besado alguna vez?

—Tengo quince y mi vida privada no es un asunto tuyo —contesto un poco molesta— Me voy a la cama, buenas noches.

—Nos vemos luego —Contesta guiñándome un ojo.

Subo a mi habitación y desde la ventana veo cómo se marcha a su casa, aún mojada.

Me miro al espejo y casi detesto este aire de niña que no quiere desaparecer de mi cuerpo.

Se enciende la luz de su ventana. Me escondo detrás de la cortina. Esta vez no tiene que verme.

Se mueve desnuda en su habitación. Va hacia la ventana, se enciende un cigarrillo, mira hacia mi. No me ve, estoy segura, pero sabe que estoy.

Recoge el pelo en una coleta alta y larga, como la cola de un caballo. Termina el cigarrillo y se tumba en la cama. De su mesita de noche coge un bote, me imagino que es de crema ya que empieza a frotarse las piernas con el líquido. Sus movimientos lentos me irritan, date prisa…¿Qué vas a hacer ahora? Sabes que te estoy mirando, ¿qué me vas a enseñar?

Se sienta en el borde de la cama, mirando hacia la ventana. Abre las piernas, veo sus pelos negros y rizados. Sus manos acarician sus pechos, con movimientos lentos y circulares.

Noto un espasmo en mi vagina y mis bragas se mojan.

Mis manos aprietan fuerte la cortina y no puedo parar de mirar.

Se tumba dejando colgadas las piernas abiertas. Acaricia con su mano derecha los pelos mientras con su mano izquierda, por turnos, estimula los pezones rosados y duros.

Decido bajar al estudio del abuelo, donde recuerdo que guarda los prismáticos que usamos para ver las aves cuando hacemos excursiones.

Bajo las escaleras deprisa, intentando no despertar a la abuela. Encuentro los prismáticos justo donde los recordaba. Subo rápido los peldaños y me voy a la ventana. Acerco los prismáticos a mis ojos y aparecen sus dedos acariciándose el clítoris, como si estuvieran a mi lado.

Mis bragas se mojan cada vez más y la respiración se acelera a medida que veo su pecho hincharse o su cuerpo torcerse por el placer.

Introduce dos dedos en su boca, pasando las yemas por sus labios. Los moja con su lengua y los lleva a su clítoris. Levanta las piernas apoyando los pies a la cama.

Me está mirando, sabe que estoy aquí y todo eso es para mí.

Abierta completamente de piernas puedo ver sus agujeros y como los dedos entran y salen.

Mi mano derecha abandona los prismáticos, ahora sujetados solo por la izquierda. Baja hasta el vientre. Me toco las bragas y las noto mojadas. Un espasmo acaba en mi mano. Empujo el clítoris con el dedo y siento un profundo placer.

Aparto las bragas, mi dedo se moja. Abro un poco las piernas…y decido jugar.

Adelante, dime lo que tengo que hacer.

Me siento en la silla frente a la ventana. Me quito las bragas, abro las piernas…

Un poco más, ojalá pudieras verme ahora mismo, no soy ninguna niña, no hay nada que haces que yo no sepa hacer.

Los dedos siguen entrando y saliendo de mi coño, el tejido de la silla se moja cada vez más. Los espasmos me avisan de que mi cuerpo está listo para disfrutar.

Ella sigue tocándose sin parar. Se da la vuelta, se pone a cuatro patas, mostrándome su culo. Con una mano se acaricia de arriba a abajo.

Benditos prismáticos, es como tenerla aquí a mi lado. Sigue tocándote…¿Cuánto te falta? No puedo más. Voy a explotar…No tengo vergüenza, no soy una niña, mírame, estoy aquí, mira cómo me toco, mira cómo disfruto…

Mi mano es la suya, mis ojos son los suyos. Esta noche somos una y juntas estamos viendo las estrellas.

Publicado en Diario

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